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Lo he encontrado en la página: Cuentos populares de argentina.

El día estaba tan lindo. Los pájaros cantaban contentos, los brotes de los árboles verdeaban al sol como esmeraldas y los yuchanes florecían como locos, rosa y blanco por donde se mirara. Los animales andaban todos noviando. Bueno, son esas cosas de la primavera.



El Zorro estaba lo más tranquilo tirado en el suelo con las patas apoyadas en un lapacho, mirando a unas cotorritas que construían el nido. Pensaba en esa zorra tan bonita que había visto el otro día y el corazón le galopaba contento. De repente el Tigre apareció de la nada y con un rugido feroz le saltó encima.

—¡Te tengo atrapado, Zorro del diablo! Esta vez sí que no te me vas a escapar.

"¡Qué problema! —pensó el Zorro—, y yo tirado aquí patas arriba sin poder hacer nada."

Pero pensar podía, así que pensó y dijo con voz de que se está por acabar el mundo:

—¡Ah, don Tigre! ¡Menos mal que llega alguien! ¡Ya no doy más!

—¿Que no das más? Seguro que estás inventando algo para escaparte.

—¡No, no! Ayúdeme a sostener este árbol que se me doblan las rodillas.

—¿Y qué pasa con este árbol? —preguntó el Tigre picado por la curiosidad.

—¡Que se va a caer! ¿No ve lo torcido que está? Y si se cae se viene todo el monte abajo y nos morimos aplastados. Porque este árbol es el que sostiene todo. ¡Uff! No doy más, voy a aflojar.

—¡No, no, aguante un poco más! ¿Qué podemos hacer?

—Vaya a traer un tronco grande para poder apuntalar el árbol. ¡Ah, me rindo! —gemía el Zorro.

—¡Aguante, don Zorro, aguante!

El Zorro miró al Tigre con cara de moribundo y le dijo:

—¡Ya sé! ¿Por qué no se queda usted que es tan fuerte, sosteniéndolo un rato, mientras yo voy de una corrida a buscar un gran tronco para asegurarlo?

—Bueno, bueno —dijo el Tigre—. Quédese quieto hasta que yo sostenga todo el peso.

Y se acostó al lado del Zorro. Levantó sus grandes patas peludas y las apoyó con fuerza contra el árbol.

—Bueno, afloje ahora, don Zorro —le dijo mientras el Zorro se refregaba las rodillas dolorido.

—¡Ah, qué alivio don Tigre! Menos mal que llegó usted justo cuando me daba por vencido —dijo el Zorro, sacudiendo un poco las patas para que se le desentumecieran—. ¡Téngalo bien firme que yo voy a buscar un buen tronco y vuelvo! No me afloje, ¿eh?

—No, no, pero vaya rápido.

Y el Zorro se fue corriendo un trecho. Cuando calculó que se había alejado lo suficiente, caminó despacio, mirando cómo andaba la primavera por ese lado del monte. Las cotorras estaban haciendo sus nidos, los brotes de los árboles parecían esmeraldas y se veía el rosa y blanco de los yuchanes por todos lados. Entonces se acordó de que por ahí había visto una zorra muy bonita el otro día y se metió en el monte mientras el corazón le galopaba contento, ya olvidado del Tigre, que vaya a saber cuándo se dio cuenta de que lo engañaron con una mentira más grande que el lapacho que se quedó sosteniendo.

Dicen que muchas horas después un rugido feroz hizo temblar el monte entero y vieron pasar al Tigre refregándose las rodillas y maldiciendo en voz alta.

Escrito por Ana.

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